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Terra
La Coctelera

De Escrituras y Licencias

Texto inspirado en el comentario de Guadalupe en "El, Ella y la Triste Realidad"

Soñar, creerme, hacerte creer, dibujar, que veas, que te imagines, pintar, recorrer, llevarte, traerte, tenerte, no tenerte, amarte, que me ames, que me odies, que sufras, sufrir yo mismo, que goces, vivir, morir, que vivas, que mueras. Impostarme, licenciarme, atreverme, poseerte.

Todo esto y mucho más podemos hacer cuando tenemos en la mano una lapicera y decidimos juntar su punta con una hoja de papel y, en mi caso, pretender escribir algo interesante. Puedo intentar hacerte creer que soy Superman y te beso apasionadamente mientras revoleo las calzas al baticajón, ya que Batman me prestó su cueva para nuestro momento de intimidad. Si soy lo suficientemente descriptivo quizás pueda hacer que me creas.

Mi intención podría ser dibujar y emplazarte un nuevo obelisco negro en la entrada a Capital Federal que está en Av. Del Tejar y Gral. Paz. Justo en el mismo lugar donde antes estaba la foto del "Polaco" Goyeneche ahora está mi obelisco y a sus pies un mono, sobrino de King Kong, trabaja de lustrabotas limpiando los pies de exquisitas mujeres descalzas y desnudas y de algún que otro travesti, mientras sueña con volver al circo del cual una sociedad protectora de animales lo hizo salir mediante un indulto o una reducción de pena de un 2 x 1.

Puedo imaginarme un planeta musical, en el cual no exista diferencia entre estilos. El clásico, el tango, el folk, el rock, el reggae, el folclore, el rap, la cumbia y Miranda, le gustaría a todo el mundo sin distinción de clases, donde se disfrute con un sol, un do o un re. La música amada en su esencia, desde su base y ese mismo concepto trasladarlo a cada uno de los aspectos de la vida y a cada persona. Que no prejuzguemos ni juzguemos. La gente en su esencia y en su pureza más primitiva. Un mundo animal y musical, eso podría intentar de inventarte.
Soñar con que John, el Carpo, Jimmy, Elvis, Luca, Federico, el Abuelo, Carlitos y el Polaco no han muerto y se juntan una vez cada tanto para llevar a cabo el "Live Sky"
Y que a la vuelta de mi casa o de la tuya se llevó a cabo el tributo a los Pibes Chorros en el cual participaron Divididos, Baremboin, Coldplay, Pink Floyd, Bunbury, Charly García, Spinetta y Sabina, cerrando el show Marta Argerich al piano en una versión impagable de "Laura, se te ve la tanga"

Esdrujular la gravedad de las agudas onomatopeyizando los predicados de los sujetos y conjugando los futuros imperfectos de los presentes con los pasados borrosos en las sienes, para decir absolutamente "nada" y que parezca inteligente como por ejemplo: Sollocé condescendiente la pesadumbre de la analogía zozobrante de las luces que, parpadeando, se acompasaban alineadas en un confín estelar de mares abarrotados de sirenas ondulantes que, a fuerza de plenitud, colmaban las experiencias circundantes en torno a los espejos que reflejan mi alma. Chin-Pun.

Puedo ser trágico e inventar un pueblo en el cual una bandada de tucanes seduce con sus picos de colores con el único fin de arrancarle los ojos a la gente y llevárselos al Misterioso Dr. Eye que los revende en el mercado negro de ojos a un precio módico de 100 dólares el par, con la combinación de colores que vos quieras.
Y que además, mientras comes una pizza con tu pareja en un bar, hay dos cucarachas entrenadas especialmente y, que a una orden de mi lapicera, pueden entrarte por las orificios de tus orejas y que lentamente se devoren tu cerebro.

Puedo ponerme zoofílico e intentar llevar al máximo tus fantasías sexuales y después decirte que el que soñaba era un perro. Hacer que una persona crezca y muera en un tren. Dialogar con mi soledad. Ser incoherente varias veces. Hacerte creer que Dios se hartó y que destruye la humanidad. Contarte de un amor sin edad y eterno que no muere ni morirá. Ser un Flamingos. Relatarte mi nacimiento. Hablar de un ángel. Desarmar castillos de naipes. De cómo toco el cielo con las manos. Pretender ser yo mismo de cuando en vez. Puedo hablar de ella y yo. Puedo todo con mi lapicera y una hoja.

¿Para qué escribo? Para satisfacer mis sueños, inventarme realidades, soñar despierto.
¿Por qué escribo? Porque sé que ahí estás vos que me estás leyendo y sabiendo que están tus ojos repasando mis alucinaciones literarias y aunque seas vos solamente quien me lea lo seguiré haciendo.
Porque me permite soñar e imaginarme la cara de mi hijo, imaginar que tiene los ojos de su madre. Conocerlo antes de que nazca, hablar con él y contarle de su abuelo, jugar e inventarle historias de estaciones de trenes en las cuales viven perros pegasos y que llevan a los niños a dar vueltas por la ciudad y que además hay un unicornio de color azul, extraviado por un cubano, que en su cabeza no tiene un cuerno sino una rosa roja y quien lo encuentre será dueño del amor más puro que jamás pueda soñar.
¿Por quién escribo? Por mí, por vos que me lees, por ella que me lee y por mis hijos que ojalá me lean en algún momento. Es el legado que les dejo desde este humilde espacio, mis letras inventadas y licenciadas y mis imposturas aberrantes.

Fernando A. Narvaez
Arreglos y Dirección: Gons (Como casi siempre)

Paredes y Carteles (I)

En la entrada del baño de un bar del barrio de Villa Urquiza en Buenos Aires, Argentina:

"En éste sitio, lo único autolimpiante es el gato. ¡Colabore!"

Él, Ella y la Triste Realidad

Se habían estudiado durante años con sumo detenimiento, deseándose en silencio y esperando la oportunidad del zarpazo letal.

Él había surcado los mares abordando barcos ajenos y naves sin capitán.
Ella, dueña de sí misma y con su futuro asegurado, se dejaba llevar por la vida como en una barranca. Ciega no se daba cuenta que la dirección era hacia abajo.

Él sabía con exactitud los movimientos que debía llevar a cabo para exponerla al máximo placer.
Ella era experta en dejarse llevar por el hombre en cuestión poniendo los límites en el punto justo y haciéndole creer que no era ella quien manejaba la situación. Para ella, él era quien la saque de su eterno letargo.

Él tenía todo estudiado. Empezaría por besarla lentamente.
Ella dejaría que lo haga.

Él comenzaría a acariciarla muy despacio descubriendo e investigando cada centímetro de su cuerpo.
Ella se estremecería con su tacto y correspondería sus caricias y su investigación.

Él le desprendería uno a uno los botones de la blusa y le arrancaría con dulzura salvaje o dulce salvajismo su corpiño.
Ella haría lo propio con su camisa para luego seguir con la cremallera de su pantalón.

Él notaría la dureza de sus pezones y los atacaría con su lengua.
Ella enredaría los dedos en el pelo de aquel semental y desde la nuca le llevaría la nariz al espacio entre sus pechos.

Él pondría las manos en sus nalgas levantándola del suelo y haciendo que ella lo abrace con sus piernas.
Ella, al sentirlo viril y muy bien dispuesto mientras se daba cuenta de que él sentía su humedad, dejaría caer su cuerpo de espaldas contra el colchón arrastrando al macho sobre sus piernas bien abiertas para que la penetre de una vez.

Él, perro de presa, sabiendo que ya la tenía a punto y conociendo las ansias compartidas, jugaría un poco más y buscará su sexo con su boca libando su humedad.
Ella no se quedaría atrás y haría lo mismo de forma simultánea.

Él la penetraría a ella.
Ella se penetraría con él.

Él y ella. Ella y él. Juntos en el momento máximo del placer

Él se despertó al rato sobresaltado con la voz de ella que le decía:

“¡SULTÁN! ¿Qué hiciste? ¡Otra vez measte la cocina! ¡Te voy a matar!”

Él paró las orejas y con la cola entre las piernas fue a esconderse debajo de la cama evitando el zapatillazo.
Pero a pesar de saber que su sueño jamás sería cumplido por la diferencia de clases. Sultán sabía perfectamente que su dueña lo amaba.

Fernando A. Narvaez